Yo estaba sentado dos filas atrás, tomando notas.
Observándolo todo, siempre observando.
El hombre frente a nosotros hablaba, decía cosas. Palabras que no deberían existir en una sala donde aún flotaba el nombre de una niña, una niña que había sido brutalmente asesinada.
Siete años, siete.
Pero él hablaba con calma, con esa seguridad absurda de quien cree que puede moldear la realidad hasta creerlo él mismo, si la repite lo suficiente. Y entonces lo dijo:
Dijo “ella me provocó”.
Entonces, no hubo gritos y eso es lo que más me perturbó. Nadie en toda la sala gritó. Ni siquiera la madre.
Solo un silencio… espeso, casi vivo. Como si algo se hubiera quebrado sin hacer ruido, fue entonces cuando se escuchó como en medio de ese silencio perturbador el broche de un bolso se abría.
La vi abrir su bolso, fue un gesto pequeño, discreto y casi cotidiano.
Nadie reaccionó, ni el juez, ni los policías, ni yo. A veces el horror entra disfrazado de rutina.
Y entonces todos escuchamos el fuerte sonido.
Uno, dos, tres y no, no eran disparos.
Al menos no al principio, eran golpes secos contra la realidad y continuaron…
Cuatro, cinco, seis. Fue cuando el hombre dejó de hablar…
Siete y ocho. Cuando todo terminó, lo único que se escuchaba era su respiración, la de ella, una madre aterrorizada con las palabras que el asesino había pronunciado como cualquier cosa, con la frialdad de una persona sin alma.
Ella, no lloraba, no temblaba. Solo estaba ahí… sosteniendo algo que ya no era un arma, sino una decisión y la herramienta de un verdugo al que muchos queríamos encarnar en ese momento.
Nadie se movió de inmediato. Como si todos entendiéramos, en el fondo, que habíamos sido testigos de algo que no cabía en la ley.
Yo bajé la mirada a mis notas, trataba de que no se me notara que estaba temblando.
Había escrito una sola palabra: “Justicia”.
Fue un 2 de noviembre de 1982, cuando Marianne Bachmeier fue acusada de asesinato por la muerte de Grabowski, pero, posteriormente la fiscalía retiró dicha acusación.
Después de días de negociaciones, el jurado acordó el veredicto y así, cuatro meses después de la apertura del proceso, Bachmeier fue condenada el 2 de marzo de 1983 por la Sala del Tribunal de Circuito del Tribunal de la Corte del Distrito de Lübeck por homicidio intencional y condenada por posesión ilegal de un arma de fuego, llegando a un total de seis años de prisión, aunque fue liberada tras cumplir tres años.
