El pasado 28 de marzo, millones de personas tomaron las calles de Estados Unidos y Europa en la segunda gran marcha “No Kings” (“Sin Reyes”), una movilización masiva que repudia las políticas del presidente Donald Trump y cuestiona su autoritarismo.
Organizada por decenas de grupos progresistas, sindicales y de derechos civiles, la jornada superó todas las expectativas y se convirtió en una de las mayores protestas de la historia reciente estadounidense.
Según organizadores y reportes de medios, participaron alrededor de ocho millones de personas en más de 3.100 eventos que abarcaron los 50 estados de EE. UU., desde grandes urbes como Nueva York (350.000 asistentes), Mineápolis, Los Ángeles, Chicago y Washington D. C., hasta pequeños pueblos en Idaho, Texas, Georgia y Alaska.
La protesta se extendió simultáneamente a Europa, con manifestaciones significativas en ciudades como Roma (donde marcharon decenas de miles), París, Berlín, Madrid, Ámsterdam y Lisboa, bajo consignas como “No queremos reyes” y “No a la guerra”. La jornada no estuvo exenta de tensión.
En Los Ángeles, la policía arrestó a 75 persona. Hubo uso de gas lacrimógeno después de que manifestantes lanzaran objetos. Otras ciudades reportaron detenciones menores por bloqueos de vías.
Las críticas se centraron en la administración Trump.
Los manifestantes exigieron la abolición de ICE por abusos migratorios, incluyendo muertes de detenidos; rechazaron la guerra contra Irán, que ha elevado los precios del combustible y la inflación; la guerra contra Irán; demandaron la desclasificación completa de los archivos de Jeffrey Epstein por presuntos vínculos del mandatario; condenaron la política hacia Venezuela y Cuba, vista como intervencionista, y expresaron solidaridad con Palestina ante lo que califican de “genocidio”.
“No a los reyes, no a la guerra”, corearon en español, inglés y otros idiomas.
Esta segunda “No Kings” no solo visibilizó el descontento, sino que marcó un punto de inflexión.
La magnitud de las protestas afectará de forma trascendental las elecciones intermedias de noviembre de 2026.
El mensaje es claro, millones de estadounidenses y aliados internacionales exigen un cambio de rumbo y amenazan con castigar en las urnas cualquier continuidad de las políticas actuales.
La democracia, afirman, no acepta reyes.
