El presidente Donald Trump lo dejó claro en sus redes: “¡Prepárense!”, los agentes de ICE llegarán a los aeropuertos el lunes si los demócratas no firman de inmediato el acuerdo para financiar al Departamento de Seguridad Nacional.

La amenaza no es retórica. Tras cinco semanas de cierre parcial del gobierno, que el 14 de febrero, la Administración de Seguridad en el Transporte (TSA) opera con personal exhausto y sin salario.

Más de 400 agentes han renunciado, el ausentismo se disparó y las filas en Atlanta, JFK y Nueva Orleans alcanzan ya las tres horas.

Trump ordenó desplegar a los “brillantes y patriotas” agentes de inmigración para controlar multitudes, vigilar salidas y, de paso, ejecutar arrestos inmediatos de inmigrantes irregulares, especialmente somalíes.

El fondo del conflicto es tan viejo como previsible: los demócratas se niegan a aprobar el presupuesto del DHS mientras Trump mantenga su política migratoria agresiva. Las redadas en Minnesota que dejaron muertos a dos manifestantes y ciudadanos estadounidenses encendieron la mecha.

Exigen identificación clara de agentes, códigos de conducta y órdenes judiciales más estrictas. Para Trump, eso es “juego político de la izquierda radical”. Para los demócratas, es defensa de derechos humanos básicos.

El resultado: un Senado que rechaza por quinta vez la financiación y un país donde la seguridad aeroportuaria se sostiene con alfileres.

Este no es un simple inconveniente logístico. Es un sabotaje económico disfrazado de disputa ideológica.

Millones de viajeros pagan el precio de un Congreso incapaz de priorizar el interés nacional sobre el electoral.

Los retrasos, las cancelaciones y la incertidumbre ya golpean la industria aérea. Pero el verdadero daño vendrá después.

México, Estados Unidos y Canadá organizarán la Copa Mundial de la FIFA 2026. Decenas de miles de aficionados internacionales desembarcarán por estos mismos aeropuertos.

Si las filas siguen eternas, si los agentes de ICE convierten cada control en una cacería migratoria y si la imagen de Estados Unidos se asocia a caos y desconfianza, el Mundial se convertirá en un fiasco logístico. El turismo perderá miles de millones, la percepción internacional se deteriorará y la organización conjunta sufrirá un golpe que nadie podrá ocultar detrás de discursos patrióticos.

La conclusión es dura pero inevitable: cuando los demócratas y Trump anteponen sus banderas ideológicas al funcionamiento básico del país, no solo castigan a los trabajadores de la TSA que no han cobrado desde febrero.

Castigan al turista que hoy no viaja, al fanático del fútbol que mañana se lo pensará dos veces y a la economía que mañana pagará la factura. El lunes llegará el ICE.

Ojalá, antes, llegue el sentido común. Porque los aeropuertos no son campo de batalla política: son la puerta de entrada de un país que aspira a ser anfitrión del mundo.