En medio de la guerra abierta contra Irán, con operaciones conjuntas con Israel, el presidente Donald Trump envió al Congreso su solicitud presupuestaria para el año fiscal 2027.
La propuesta eleva el gasto militar a 1.5 billones de dólares, un aumento récord de 500 mil millones respecto al billón de 2026.
Este incremento, según la Casa Blanca, responde a la necesidad urgente de reabastecer municiones, financiar sistemas como la Cúpula Dorada antimisiles y construir 34 nuevos buques de guerra, incluyendo acorazados de clase Trump.
El Pentágono ya había pedido 200 mil millones adicionales como gasto de emergencia para el conflicto en curso, que ya ha costado más de 11.300 millones solo en los primeros seis días y ronda los 890 millones diarios.
Para financiar esta escalada, Trump propone recortar un 10% (unos 73 mil millones) el gasto discrecional no militar. Los sectores más afectados son salud, educación y ciencia.
El Departamento de Salud y Servicios Humanos sufriría reducciones cercanas al 12.5%, con recortes en programas de los Institutos Nacionales de Salud.
Educación vería eliminados múltiples programas federales y un camino hacia la desaparición del propio Departamento de Educación. Ciencia y tecnología, incluyendo la NASA, enfrentarían cortes de hasta 23%.
También se reducirían fondos ambientales, agrícolas y de vivienda.
La justificación oficial es “tiempos peligrosos” y el apoyo a las tropas desplegadas, pero el mensaje implícito es claro: la guerra se antepone a cualquier otra prioridad nacional.
Los riesgos son profundos y multidimensionales. Económicamente, el aumento del gasto militar agravará el déficit y la deuda pública en un momento de incertidumbre global.
Analistas estiman que una guerra prolongada podría costar entre 40.000 y 95.000 millones adicionales, sin contar pérdidas indirectas por disrupciones energéticas y comerciales que podrían superar los 200.000 millones.
Socialmente, los recortes en salud limitarán el acceso a tratamientos y prevención, afectando especialmente a poblaciones vulnerables en un país donde los costos médicos ya son elevados. En educación, la reducción de programas federales profundizará desigualdades y frenará la formación de capital humano.
En ciencia, el impacto es estratégico: retrasar investigación en inteligencia artificial, energías renovables o biotecnología pondrá en desventaja competitiva a Estados Unidos frente a China y otros rivales a largo plazo.
Políticamente, la propuesta enfrenta resistencia incluso dentro del Partido Republicano y generará debates acalorados en el Congreso, recordando el cierre gubernamental más largo de la historia reciente. En el plano internacional, priorizar la guerra podría aislar a Washington y alimentar narrativas antiestadounidenses en Medio Oriente, prolongando el conflicto y elevando el costo humano tanto para soldados estadounidenses como para civiles iraníes.
El presupuesto de Trump para 2027 refleja una visión donde la “paz a través de la fuerza” se traduce en misiles antes que en escuelas o hospitales.
Aunque busca proyectar fortaleza militar, los recortes arriesgan debilitar el tejido social y la innovación que históricamente han sustentado el poder estadounidense.
La decisión del Congreso no solo definirá el curso de la guerra con Irán, sino el futuro inmediato de la sociedad norteamericana.
