Apenas el 11 de marzo de 2026, la Cámara de Diputados vivió un momento inédito en la historia reciente de la alianza Morena-PT-PVEM.

La reforma electoral propuesta por la presidenta Claudia Sheinbaum fue rechazada en el pleno al no alcanzar la mayoría calificada de dos tercios.

Con 259 votos a favor y 234 en contra, la iniciativa que buscaba reducir privilegios en el financiamiento a partidos, acortar tiempos de propaganda y fortalecer la participación ciudadana se topó con un muro: la oposición previsible, pero también la negativa de sus propios aliados, el Partido Verde Ecologista de México y el Partido del Trabajo.

Por primera vez desde el triunfo de la Cuarta Transformación, los aliados parlamentarios votaron en contra de una propuesta del Ejecutivo.

El debate fue tenso, las críticas se centraron en posibles afectaciones a partidos pequeños y el resultado generó titulares de “derrota” y “fractura”.

Sin embargo, lejos de interpretarse como un fracaso, la presidenta Sheinbaum lo calificó con serenidad: “No es una derrota, es un desacuerdo momentáneo”. Inmediatamente anunció la construcción de un Plan B, una ruta alternativa que no requeriría reformas constitucionales y que podría aprobarse con mayoría simple.

El objetivo central permanecía intacto: acabar con los excesos que encarecen la democracia y destinar esos recursos al bienestar social.

Apenas tres días después, el panorama cambió radicalmente. Senadores de Morena, PT y PVEM emitieron un comunicado conjunto el 14 de marzo en el que expresan su “apoyo total e incondicional” al Plan B.

Los coordinadores parlamentarios de los tres partidos confirmaron que han alcanzado acuerdos en mesas de diálogo con la Secretaría de Gobernación.

El Partido Verde y el PT, que inicialmente marcaron distancia, ahora se alinean con entusiasmo. Reconocen que la nueva propuesta, centrada en reducir el número de regidores y diputados locales, eliminar privilegios en congresos estatales y cabildos, y ampliar mecanismos de consulta popular es viable y responde al mandato ciudadano.

Este giro demuestra madurez política. El Plan B no es una retirada, sino una estrategia inteligente: mantiene el espíritu transformador sin exigir la mayoría calificada que la oposición bloquea sistemáticamente. Se enfoca en lo local, donde los ciudadanos perciben con mayor claridad el despilfarro, y fortalece herramientas de democracia directa como las consultas populares en temas electorales.

Este Plan B no solo salvará la reforma electoral; la hará más sólida y cercana a la gente.

Al eliminar gastos innecesarios y empoderar la participación ciudadana, contribuirá decisivamente a la vida democrática del país.

México avanza hacia una democracia más austera, transparente y participativa, donde los recursos públicos sirvan al pueblo y no a las cúpulas.

La presidenta Sheinbaum ha demostrado, una vez más, que la transformación no se detiene ante obstáculos: se reinventa y sigue adelante.