En México, el auge del nearshoring está acelerando la llegada de inversión extranjera, al tiempo que revela una condición clave para su sostenibilidad: la capacidad de la infraestructura energética instalada.
La expansión de la industria manufacturera, logística y tecnológica depende cada vez más de soluciones energéticas confiables, escalables y alineadas con objetivos de descarbonización.
De acuerdo con Mordor Intelligence, el mercado de energías renovables en México alcanzará los 65.2 GW hacia 2031, impulsado principalmente por la expansión de la energía solar.
Este potencial se ve reforzado por condiciones naturales altamente favorables, con niveles de irradiación que superan los 2,000 kWh/m², lo que posiciona al país como un territorio altamente competitivo para la generación fotovoltaica a escala industrial.
Este desarrollo coincide con un momento de aceleración del nearshoring.
Según el informe México, ¿cómo vamos?, el país registró 40,871 millones de dólares en Inversión Extranjera Directa (IED), un crecimiento de 10.8% respecto a las proyecciones previas, de acuerdo con estimaciones de CIAL.
Más allá del impacto económico, la modernización de la infraestructura energética está redefiniendo la competitividad empresarial. La integración de energías limpias y sistemas de almacenamiento fortalece la capacidad de las empresas para cumplir con estándares internacionales de sostenibilidad, reducir su huella de carbono y alinearse con socios globales cada vez más exigentes en materia ambiental.
En este escenario, la infraestructura energética deja de ser un soporte técnico para convertirse en un habilitador directo del crecimiento industrial. México entra así en una nueva etapa donde la energía no solo acompaña el desarrollo económico, sino que define quién puede participar en él.
