La historia reciente de América Latina está marcada por las intervenciones de Estados Unidos en busca de controlar recursos y gobiernos disidentes.

Desde el golpe de Estado en Chile en 1973 hasta las presiones y sanciones contra Venezuela en las últimas décadas, Washington ha recurrido a bloqueos económicos, apoyo a oposiciones y, en ocasiones, amenazas directas para imponer su agenda.

Hoy, Cuba enfrenta una nueva oleada de esta doctrina intervencionista, actualizada bajo la administración de Donald Trump, que revive ecos de la Doctrina Monroe del siglo XIX: “América para los americanos” (del Norte) que ha sido rebautizada como Doctrina Donroe.

Trump acaba de firmar una orden ejecutiva que impone nuevas sanciones y aranceles punitivos.

Estas medidas bloquean activos de personas y entidades cubanas vinculadas a sectores clave como energía, minería, defensa, seguridad y tecnología.

Además, amenazan con sanciones a bancos y empresas de terceros países que comercien con La Habana, intensificando el cerco energético que ya provoca apagones prolongados, desabastecimiento y parálisis industrial en la isla.

Cuba produce apenas el 40% de su crudo requerido, por lo que el impacto humanitario es severo.

Trump ha llegado a declarar a Cuba “amenaza extraordinaria” para la seguridad nacional estadounidense y ha advertido que, tras “acabar con Irán”, podría “tomar Cuba casi inmediatamente”, incluso mencionando el despliegue del portaaviones Abraham Lincoln cerca de sus costas.

El presidente Miguel Díaz-Canel ha rechazado con firmeza estas acciones, calificándolas de “amenazas sin precedentes” y “bloqueo genocida”.

En discursos recientes, el mandatario cubano denunció que la política no solo busca un “cambio de régimen”, sino desestabilizar la región mediante coerción económica y violación del multilateralismo.

“Si están tan preocupados por el pueblo cubano, que levanten el bloqueo”, afirmó, destacando que los principales problemas de la isla derivan de décadas de sanciones unilaterales.

Díaz-Canel subrayó que ningún agresor, por poderoso que sea, encontrará rendición en Cuba, y llamó a la comunidad internacional a no tolerar este “abuso” comparable a los cometidos en Palestina o Líbano.

Los intelectuales y sectores progresistas de América Latina han cerrado filas con la isla. El Grupo de Reflexión de América Latina y el Caribe (GRALyC) emitió un pronunciamiento enfático, compartido por el embajador cubano en México, Eugenio Martínez Enríquez, bajo el lema #CubaNoEstáSola.

Consideran a Cuba “ejemplo de resistencia, dignidad y ético-moral”, rechazan cualquier acción militar y advierten que una invasión provocaría graves consecuencias.

“La inmensa mayoría del pueblo cubano defenderá su soberanía en cada metro de su territorio”, afirman, posicionando la defensa de Cuba como un imperativo histórico contra el intervencionismo.

La escalada contra Cuba no solo agrava la crisis humanitaria en la isla, sino que pone a prueba la soberanía regional frente a la renovada Doctrina Monroe.

Mientras Díaz-Canel y el pueblo cubano resisten con determinación, el respaldo de intelectuales y gobiernos progresistas latinoamericanos —como las alertas del presidente colombiano Gustavo Petro— evidencia que la isla no está sola.

En un mundo que aspira al multilateralismo, estas presiones unilaterales revelan la persistencia de viejos imperialismos, pero también la fortaleza de una resistencia que, históricamente, ha sabido tropezar con el agresor.

La defensa de Cuba es, en esencia, la defensa de la autodeterminación de los pueblos de América Latina.